El MAR, ¿Será mi última etapa? – Por Julia Díaz-Agero-

(Fotografía: Esther Velázquez Alonso).

Fue entonces, siendo bien chica, cuando supe que aquellas aguas, todas enteras, eran de mi propiedad. Porque estaban ahí, a mi lado y eran como mi casa. Aquél era el lugar de mis horas alegres y de mis momentos tristes, las unas y los otros con toda la intensidad que me es propia. Están presentes en cada verano de mi infancia y en casi todos los otros. Porque en ellas aprendí a nadar y a buscar los brazos de mi padre cuando ya creía que me ahogaba y le buscaba y le requería y le exigía que acudiera a salvarme porque era mi dios primero y me lo debía. Y él, riente, se acercaba despacio, para darme tiempo de saber que casi podía sola, que sólo faltaba un poco más de empeño y de confianza. Así que llegaba a mí con el salvavidas de sus brazos y el consuelo de su risa.

Utilicé mi lugar, ya grande, para aprender a vivir la aventura prohibida de bañarme de noche, desnuda con mi amor, con aquel amor que supo y quiso ser mi cómplice y, desnudo conmigo, entrar en mi casa de agua cuando estábamos seguros de que nadie nos vería. Y lloré la renuncia cuando creí que eso nunca más ocurriría porque, de repente, ya no tuve con quien compartirlo. Cuando la rabia de su pérdida, que englobaba tantas otras, se me hacía insoportable, porque insoportable era.

Y, entonces, por un tiempo (largo, largo tiempo), me alejé del agua. Y mi vida se hizo más dura, más seca.

Hasta que, un día, aprendí a volver a experimentar la misma mezcla de emoción, de atrevimiento, de susto y de gusto, cuando la fortuna me hizo el regalo de enamorarme de nuevo.

Así que llevé mi amor hasta mis estancias de agua, mientras le decía: “Ven. Ya verás, será perfecto. Ven, no vas a querer estar en ningún otro lugar. En nuestra arena, adivinando nuestros límites en las noches sin luna llena. Tú palpando mis hombros y mi cintura y mi cara. Sintiendo mi respiración, yo recibiendo la tuya. ¿Lo ves?, ya es todo perfecto. Porque esto de ahora, es la verdad más absoluta…”. Y así fue durante un tiempo, que me pareció tan corto como grande y como hermoso. Porque en los lugares que quisimos visitar, mientras estuvimos juntos, todo se volvía luz y las aguas rebullían.

Después, al cabo de un tiempo, me miraron de nuevo los ojos/muerte y la luna se apagó del todo. Y, porque nadie me viera, los farolillos del pueblo dejaron de alumbrar. Y yo me metí en lo negro en que se convirtió el agua, arrastrando mis tristezas, buscando la soledad que los demás me negaban para encontrar a mi amor, para ver si conseguía que, al no haber luces traidoras, él quisiera regresar. Luego yo me enfrenté a todos. A las mujeres de negro que aprovecharon la desgana que me producía la pena y empezaron a vestirle con su camisa de seda y su mejor pantalón. A los hombres presurosos en decidir el lugar donde le iban a enterrar. A los necios ignorantes que, porque le desconocían, quisieron rezar por él.

Cuando salí del letargo empecé a hablarles despacio, simulando una cortesía que no sentía de veras pero, como no me hicieron caso, subió mi voz con mi odio y entonces les grité a todos. Les dije que no siguieran, que no le quería vestido, que no le iba a enterrar. Que formaría una pira para convertirle en pavesas.

Y después, cuando se fueron, así se lo conté a él:

“Que los demás no te toquen. Que ni siquiera te miren. Seré yo quien te prepare. Quien romperá esa camisa que tú no quieres llevar. Y ya verás, amor mío, que las aguas se harán mágicas cuando sientan las cenizas que yo les entregaré”.

Y todos esos momentos que han conformado mi vida y que son casi tan grandes como esa casa nuestra, los de entonces los de ahora y los que quizás vendrán, surgieron siempre del MAR, donde yo regreso ahora, que tengo que estar con él.

A %d blogueros les gusta esto: