Lo prometido es deuda: ¿Qué me ha enseñado el Río?

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Primero fue la excusa de que no estaba en casa, que seguíamos de vacaciones; después, la pereza y la tórrida Sevilla que nos recibió me aletargó durante más de una semana, incapaz de sentarme delante del ordenador. Hoy, aquí estoy, repitiéndome la misma pregunta que me hago desde que terminamos la piragüada, ¿Qué me ha enseñado el Río? No quiero que pase más tiempo, que me engulla de nuevo la vorágine de un septiembre cargado de rutinas y que todas estas fluvio-emociones queden en el recuerdo que, como todos, se difuminarían con el tiempo. Quiero, todavía con la modorra de las vacaciones y con la fluvio en el corazón, expresar y sacar lo que llevo un mes guardando.

¿Qué me ha enseñado el Río? Imagino que no soy original si me agarro al mantra tantas veces repetido, el Río es Vida. Pero ahora diría, el Río es La Vida. El Río, con sus tramos lentos y tranquilos, placenteros, donde únicamente se oye el contacto de la pala con el agua, donde si me paro a escuchar, oigo mi respiración, la respiración de la Vida, la que siempre me acompaña y tan poca cuenta le echo; oigo mi corazón, el corazón que me da Vida.

El Río, con sus tramos fuertemente ondulados, con su corriente, con el garbí que me frena, que me pierde; ese viento que trae el mar y que, con la falta de experiencia de una novata, me hace remar contra corriente. Esos, que creí malos momentos, me enseñaron que el río fluye y hay que fluir con él.

El Río me ha enseñado a dejarme llevar, por sus aguas, por una mano amiga, por una espera serena, por una pala amante. Y no es fácil, y el río me enseña…

El Río me ha enseñado a escuchar el Silencio, con mayúsculas. Donde se puede conseguir un “Acoplament” bajo las estrellas, en un silencio nocturno, donde sólo los sonidos de la noche se hacen presentes. El Silencio… de día, de noche, dentro, fuera… sola, acompañada…

Y he aprendido lo que es convivir una semana con casi 40 desconocidos al inicio, y llegar a extrañar a muchos al despedirme. “Es que no se puede ser tan majica”, “Noniná”, “Lo Riu…”, “La cucaracha, la cucaracha…”, y tantas otras cantinelas que se me han quedado dentro enredadas entre risas…

El Río me ha enseñado que siempre se llega al Mar; ese Mar que todos sabemos que llevamos dentro. Todo fluye, todo cambia, pero el Mar siempre está ahí, esperándonos, esperándome. Y al llegar, hay un abrazo cálido en el que fundirme, en el que sentir que he llegado, que he podido, que he fluido, que he aprendido…

El Río me ha enseñado el valor de una Piedra… La Piedra de la Vida… que hoy cuelga de mi cuello como el mayor tesoro. Por todo ello, Gracias al Río, Gracias a la Vida. Gracias a Javier Martínez Gil por tanta generosidad; gracias por decirme un día: “deja de estudiar el agua en tu despacho y vente al Río”… Gracias a Rafa por hacerme disfrutar en una doble :)… y gracias a toda la familia fluviofeliz por esta fluvio-experiencia. ¡¡Acoplameeeeent!!

¡¡NONINÁ!!

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Este escrito solo podrán entenderlo en toda su profundidad esa familia fluviofeliz que Javier está formando. Para el resto, sólo os puedo decir: HAY QUE VIVIRLO!

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